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8.5

Gautama despierta y lo encuentra rezando la oración al padre:

–Abba dbashmaya, nitqadash shmaj, malkutaj tete. Nih-ue sebyanaj, aikana dbashmaya ap ah-bar. Hau lan lajma dsunwanan yaomana, uashboq lan jauban, aykana dap jnan shbaqn ljayabyn. Ula talan lnisyona, ela pasan min bysha.

–Amén –concluye el nepalí.

–Amén –dice el palestino.

–¿Todavía quieres hacerlo? –Yoshúa asiente, todavía quiere hacerlo–. Sólo que antes, debemos hacer una escala, güey.

–¿Ah, dónde es la escala?

8.4

¡Generación de víboras! ¿Quién les enseñó a huir de la ira venidera? Arrepiéntanse que bien cerca está el reino de los cielos. El hacha está puesta. Todo árbol que no dé buen fruto se cortará y echará al fuego. Yo los sumerjo en agua, pero el que viene, él hará llover fuego del cielo. Advertidos están. Tiene el hurgón en la mano y atizará hasta limpiar esta era. Él recogerá el trigo en su granero y quemará la paja en fuego inextinguible. Arrepiéntanse, arrepiéntanse porque el fin está cerca.

–¿Cuán cerca, Yojanán?

–Tú… Eres tú… Has venido.

–Vine a ahogar mis pecados.

–Que te sumerja, dices. Yo necesito que tú me incendies ¿y tú vienes a mí?

–Es una obligación que debemos cumplir con toda justicia.

–Señor, yo no soy digno.

–Hazlo ahora –ordené–. Uno debe tocar fondo, si ha de surgir…

–¡Eres tú! ¡Eres tú! ¡Las complacencias de Yahweh, su hijo bienamado! ¡Yoshúa de Galilea, no somos dignos de ti! ¡No soy digno de que vengas a mí! ¡Ni de andar antes que tú los pasos!

–Luego fue el desierto de nuevo, solo a excepción del ángel.

Se refiere, por supuesto, al que vigila:

Shatanael.

8.3

Yoshúa nació en la baja Galilea, Nazaret, la actual Palestina.

–Ese mito de Belén, el santo espíritu, todo es invención de los cristianos.

Treinta y tres años, rasgos más bien árabes, del tipo egipcio. Lleva el cabello a los hombros, barba y bigote ralos alrededor de los labios. Más o menos alto, delgado, los músculos marcados a fuerza de cepillar y cargar los maderos. Viste una túnica de manta por encima, y debajo, chiton de lino.

El nombre completo es Yehoshuah, que significa: Sólo Dios salva.

–¿Naciste Dios?

–Dios, Encarnación de dios… Hijo de dios… Mesías. Matay y Lucio de Cirene extendieron mi genealogía hasta el rey Dawid, el patriarca Avraham, incluso.

–¿Y no?

Yoshúa se sonríe, un gesto amargo.

–¿Conoces a mi hermano Yaaqóv, mis primos Yoséf, Yehudah y Shimón?

El nepalí niega con la cabeza.

–Por supuesto que no, los cristianos se encargaron de borrar su memoria. Yaaqóv murió apedreado en el sesenta y dos, a órdenes de Anano el Joven, sumo sacerdote de Palestina. Hijo, como yo, de Yoséf y Miryam. Los otros se hicieron mis hermanos cuando las segundas nupcias de mi madre.

–…

–Ahora, claro, entiendo que lo hizo por nosotros, por mí y por Yaaqóv. Cómo íbamos a sobrevivir si no. Es sólo que entonces… Jamás se lo perdoné, la traición a la memoria del padre.

–Huiste al desierto.

–Fui a donde los Tsenuim, los Jashaim, los Vatikim y los Jad da at.

–Los esenios.

–No sirvió de nada. El desierto fue solo arena, hasta conocer a Yojanán.

–El bautista.

–El inmersor.

8.2

Perdió la fe cuando los primeros cristianos proclamaron el evangelio.

Todas las mentiras. Ya lo había dicho el nepalí, los discípulos tienden a exagerar sobre el maestro. A convertir al hombre justo en profeta, el profeta en Mesías, el Mesías en hijo del hombre y así hasta hacer del hijo otro Dios. Miryam de Galilea fue hecha virgen y Miryam de Magdala, prostituta.

Él murió en la cruz, sí.

De todos los dioses fue el único que padeció como hombre y fue sepultado. Pero los apóstoles lo necesitaban para su nueva doctrina, lo resucitaron, lo ascendieron al cielo. A ratos, el carpintero deseaba que el resto del credo también fuera cierto. Tener poder para juzgar a vivos y a muertos, estar sentado a la derecha del padre. El Dios de los judíos, sin embargo, no le perdonó jamás que se convirtiera. No al cristianismo.

8.1

Está alimentando la hoguera de ramas verdes, por allí son las únicas. El cielo de Palenque es tan limpio, que el trazo de humo se ve erguido hasta una altura de cien metros, quizá más. El nepalí descansa, sueña higueras de agua. Yoshúa, por el contrario, es insomne.

No duerme por temor a una pesadilla recurrente.

Está en la montaña, reza: «Bienaventurados los pobres, porque de ellos será el reino» La multitud lo mira, incrédula al principio. «Bienaventurados los mansos, porque heredarán las tierras» Los ojos de todos, llenos por un momento de asombro. «Bienaventurados quienes lloran, porque tendrán consuelo» La multitud comienza a aclamarlo. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados» Se yerguen. «Bienaventurados…» quiere decir, pero ellos ya no hacen caso.

–¡Saciemos el hambre, reclamemos las tierras, matemos a los romanos!

Despierta justo cuando lo atropella la turba, el inicio de la revolución. Treinta años después, Eleazar benJair y mil judíos más se matan en Masada. Yoshúa conocía bien a los sicarios zelotes, los hombres daga. Ellos, dirigidos por Yehudah de Galilea, fueron quienes iniciaron la revolución y no él. Shimón, el discípulo, también era zelote.