1.1
Durante mucho tiempo pensó que erigir rocas era algo fálico.
Nada sino un desplante de los niños festejando su recién descubierta sexualidad. Luego se dio cuenta que no, que los niños erigían las rocas unas sobre otras como un signo, una señal de que entendían la existencia de un orden superior.
Las estructuras denotaban lo mucho que aprendían por sí mismos sobre tal orden, y no sólo eso, no se trataba de una mera bitácora, un cuaderno de notas, no. Se trataba también de mostrar, demostrar a ese orden superior que podían imitarlo.
Las pirámides, eran un grito desesperado de los niños pidiendo ser escuchados. Cada ladrillo, cada roca superpuesta a la otra, una voz: Mírame, mira que soy digno.
Ellos han estudiado la obra, la han comprendido.
Mira lo alto que pueden llegar en tu nombre, su concepto de grandeza e infinito. Mira cuánto son capaces de hacer si se lo proponen. Y todo lo que pretenden es llegar a ti, ¿por qué no los miras, entonces? ¿Por qué confundes su lenguaje, por qué echas abajo sus torres? ¿Por qué?
–Ey, ¿tiene fuego?
Es un hombre. Su nombre es Shimón-Yehudah y es un hombre.
No hay otros ahí, entre los dioses, éste es el primero que él ve, al menos en dos mil años. Está ahí, a dos pasos y con un cigarro en la mano, sin fuego para encenderlo. Es un hombre, Shimón-Yehudah, y está ahí para anunciarle que ha llegado la hora. Es tiempo de cumplir lo escrito en los evangelios. Este es el momento exacto de su segunda venida.
–Eso es imposible –la voz de Yoshúa se pretende tranquila–, está escrito que será hasta el final de los tiempos, lo dice en las revelaciones: Pasarán mil años bajo el yugo de la bestia…
Shimón-Yehudah, como preparado para esa respuesta, completa:
–Se han cumplido mil años. El armagedón ya ha sucedido.
Yoshúa, está a punto de replicar cuando el hombre concluye:
–Tú no existes.

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