4.1
Quería verla. Tenía que hacerlo. Confrontarla a ella, antes que a su padre. Aferrarse a algo, cualquier cosa, con tal que fuese tangible, verdadero. Asherah es la gran prostituta, la tierra seca y erosionada alrededor de Nuri, en Sudán.
–Shalom, mujer.
Está sucia, desnuda sobre una roca; las manos en la entrepierna y los cabellos ocultando sus pechos y rostro. Sentada en cuclillas, viendo como la arena desvanece su llanto. La humedad haciéndose otra vez seca.
–Yo… Te necesito…
Ella se agacha más todavía y toma entre los dedos un puñado de arena, se lo acerca al rostro para examinarlo y luego la deja escurrir entre los dedos. Una poca se impregna, resaltando más todavía las líneas. ¿Es eso el destino? ¿Arena en las manos? Gira la palma como si ya no importase.
–Necesito saber…
Dos goterones tiñen el ocre de anaranjado, luego seco otra vez, nada.
–¿Fue real, lo nuestro?

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