4.4
Si ella se decide al fin a mirarlo, si levanta el rostro, si el viento arrebata los cabellos de su cara… Pero no… Ella no es más la mujer enamorada que era… La divorciada joven, de piel blanca, delgada, los pechos firmes…
Hoy, ella se siente vieja, fea; no tiene ya el gusto que a los veintisiete años, la suya es ya un hambre distinta… Tampoco él es el mismo. Aunque en su caso es distinto, el tiempo con él ha sido benévolo. Le ha dado experiencia, fuerza, sabiduría. Él ha madurado, no sólo ha crecido. Aprendió a contener su llanto, a no mostrar más sus emociones.
«No me necesita» piensa, «está mejor solo.»
Si lo mira profundo a los ojos, verá que él no opina lo mismo.
–Nosotros nos debemos uno al otro –dice él–… Deberíamos estar juntos.
Una combinación incendiaria: La pasión de la madre, la ira del padre. Toda esa rabia contenida. Él siempre fue una bomba de tiempo, desde chico. Y hoy, el pacifista lleva un arma consigo, ha pervertido a su antojo los preceptos del buen libro. Ahora, el hijo subirá al cielo y acabará con su padre. Lo hace por ella, para ver si así lo adora como solía.
No ocurrirá.
Ella lo sabe y es por eso que no se decide a mirarlo, que no levanta el rostro y que el viento no sopla. Sin embargo, la bomba que es él, explotará… De eso no hay duda, las bombas se hicieron para explotarse.

Leave a Reply