5.1
El primer recuerdo consciente de su padre es una mañana en el mitsráyim: El hombre viene camino a su taller, tiene un tronco sobre los hombros, los brazos en cruz para balancear el peso, la cabeza gacha. Cuando está lo bastante cerca Yoshúa grita: ¡Abba, abba!
Y el carpintero sonríe.
Tiene el sol a su espalda, el torso desnudo a excepción del sudor y una faja. Está cansado hasta lo indecible y aún así, le sonríe de vuelta; detrás del niño, está Miryam encinta de Yaaqóv.
Del otro, su primer recuerdo, bastante vívido por cierto, es el de las voces.
«No desearás la mujer de tu prójimo, no mentirás, no robarás, no cometerás adulterio, no matarás, honrarás a tu padre, guardarás el Sabath, no usarás en vano el nombre de Dios y no adorarás falsos ídolos, ni tendrás más Dios que yo, tu Dios.»
–¿Quién es? ¿Dónde estás?
«No mentirás, no robarás, no matarás.»
–¿Quién eres?
«Honrarás a tu padre. Guardarás el Sabath.»
–Detente.
«No desearás la mujer de tu prójimo, no cometerás adulterio.»
–¡Detente!
«No usarás en vano mi nombre, no adorarás falsos ídolos, ni tendrás más Dios que yo, tu Dios.»
–¡DETENTE!
Luego de las voces surgieron las visiones. Infiernos que el hombre apenas vislumbró cuando la Comedia de Dante. Cada uno de los tormentos, en la fiebre del niño, las lágrimas de la madre, la muerte del carpintero.
–¡Obedezco hasta lo inhumano tu Halaja! ¡Guardo todos y cada uno de los mitsvot en la Torah! ¿Por qué, maldita sea? ¿Por qué no te es suficiente? ¿Por qué?

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