7.4
Yoshúa da un trago a la cerveza, el primero. Y entonces pregunta, el tono que debe tener un disparo a quemarropa:
–¿No extrañas tu vida?
Se hace un silencio, se miran fijo.
–¿Es esa una pregunta capciosa? ¿Estás tratando de tentarme, ah?
El palestino ni siquiera sonríe.
–La vida es sufrimiento. No hay nada que extrañar de ella.
–¿No? ¿Ni aún a Rahula, Yasodhara?
–Yasodhara… Me casé por deseos de mi padre, ¿sabes? Incluso intenté hacer vida en la corte. Ella y yo, ya ni sé, realmente creí que podíamos tener algo, un vínculo. Luego una mañana, en el bosque de Lumbini, es así. Pasas tu vida queriendo encontrar la verdad y el día que al fin se te revela…
–Yo sé.
–Tenía que dejarlos, ¿me entiendes? No podía, no quería ser yo la causa de su sufrimiento. No volví más al palacio. Abandoné a la mujer y a mi hijo. Supliqué por limosna. En seis años, apenas bebí agua y mastiqué algunas hierbas. Yo era todo estudio y oración, mi etapa asceta. Nos pasa a todos, ¿no?
–…
–Ah, igual y no funcionó…
–No funcionó porque las revelaciones no provienen del cielo –apunta–, sino del abismo.
Gautama asiente, sonríe.
–Entonces, a ti también te visitó.
Se refieren a Mara, señor de la ilusión.
–Y tú, ¿extrañas tu vida, ah?
Esa, por supuesto, es una pregunta capciosa.
–¿No, ni aún a la mujer de Magdala? –la tentación.

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