8.3
Yoshúa nació en la baja Galilea, Nazaret, la actual Palestina.
–Ese mito de Belén, el santo espíritu, todo es invención de los cristianos.
Treinta y tres años, rasgos más bien árabes, del tipo egipcio. Lleva el cabello a los hombros, barba y bigote ralos alrededor de los labios. Más o menos alto, delgado, los músculos marcados a fuerza de cepillar y cargar los maderos. Viste una túnica de manta por encima, y debajo, chiton de lino.
El nombre completo es Yehoshuah, que significa: Sólo Dios salva.
–¿Naciste Dios?
–Dios, Encarnación de dios… Hijo de dios… Mesías. Matay y Lucio de Cirene extendieron mi genealogía hasta el rey Dawid, el patriarca Avraham, incluso.
–¿Y no?
Yoshúa se sonríe, un gesto amargo.
–¿Conoces a mi hermano Yaaqóv, mis primos Yoséf, Yehudah y Shimón?
El nepalí niega con la cabeza.
–Por supuesto que no, los cristianos se encargaron de borrar su memoria. Yaaqóv murió apedreado en el sesenta y dos, a órdenes de Anano el Joven, sumo sacerdote de Palestina. Hijo, como yo, de Yoséf y Miryam. Los otros se hicieron mis hermanos cuando las segundas nupcias de mi madre.
–…
–Ahora, claro, entiendo que lo hizo por nosotros, por mí y por Yaaqóv. Cómo íbamos a sobrevivir si no. Es sólo que entonces… Jamás se lo perdoné, la traición a la memoria del padre.
–Huiste al desierto.
–Fui a donde los Tsenuim, los Jashaim, los Vatikim y los Jad da at.
–Los esenios.
–No sirvió de nada. El desierto fue solo arena, hasta conocer a Yojanán.
–El bautista.
–El inmersor.

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